Comenzó en Badajoz

un alto en el camino

Cuando una mujer alcanza la autonomía moral, se da cuenta que nadie tiene el poder para decirle qué puede o no hacer; a ese punto ha llegado Marta. Tras dos divorcios, uno malo y el siguiente peor, sabe que es dueña de su vida y que, tener cincuenta y tantos e incluso pareja estable, no le impide conocer a Jesús y vivir esos momentos que los fracasos y sus obligaciones le han negado.

Comenzó en Badajoz

Autores

Julia Cortés Palma

Julia Córtes Palma

Un libro escrito a cuatro manos. Un relato en el que se denota la diferencia con la que un hombre o mujer tratan e interpretan el sexo. Es complicado, pero a la vez maravilloso.

 

 

Ignacio Martín Vega

Ignacio Ramón Martín Vega

El caprichoso destino nos trajo hasta "El Carmen"

Opiniones de los lectores

"Un acto fruto de la valentía, frescura y originalidad, producto de una autora relativamente novel. Mezclando fantasia erótica con un tour guiado por la ciudad de Badajoz, los tiempos fluyen de manera desigual creando un atractivo relato, lejos de clichés estereotipados y vanalidades presentes en géneros afines."


Enrique Villalón

Periodista

Comenzó en Badajoz, un alto en el camino

Buenos días, Julia, soy Silvia, aquella mujer sorda profunda que se presentó en la feria del libro, en Cáceres, un domingo lluvioso. Aunque me falten unas cien páginas para terminar el libro, tengo que felicitarle por haberlo escrito. Me está gustando mucho, y he disfrutado leyéndolo. No me imaginaba que usted tuviera una manera de hablar; hablando como un libro abierto, sin andarse con rodeos (al contrario que la mayoría de los escritores). Usted usa un lenguaje claro, directo y actual, además de interesante. Si no me he equivocado, creo observar que hay dos narrativas distintas en el libro, una escrita por usted (Marta) y la otra (Jesús). Sin ánimo de ofender, le digo que éste es un estilo un poco denso y algo aburrido (las escenas de sexo son repetitivas y en lo referente a la explicación sobre la ciudad de Badajoz, es innecesario recurrir a google). Por otra parte, yo tengo muchos libros en mi casa y he leído muchísimo… Soy licenciada en Historia (he escrito con dos autores un librito histórico) y soy funcionaria en educación (trabajo en un centro de adultos). Estoy segura de que sólo a usted le tocará en el futuro un premio literario. Por eso he contactado con usted. Cordialmente, Silvia

Silvia

Licenciada en Historia

Comenzó en Badajoz, un alto en el camino

Novela romántica con erotismo.
En muy pocas circunstancias dos autores afrontan un trabajo literario en común. No es un caso excepcional, pero sí poco frecuente. Y más sorprendente aún que inviertan los papeles de los personajes haciéndose cargo el hombre de la protagonista femenina y la mujer del masculino. Partiendo de esta premisa inhabitual llegamos a la conclusión de que esta novela adquiere matices de ensayo sicológico del afecto amoroso con connotaciones sexuales, al confrontar la visión de los autores acerca de los sentimientos de los seres humanos en el terreno del amor.
La historia apasiona al lector de modo creciente a lo largo del desarrollo de la trama. Es un libro que ofrece aspectos interesantes en todos los capítulos, no dejando indiferente el modo de encarar los momentos eróticos, explicados con belleza lingüística e intensidad emocional.
Es una novela de distracción muy recomendable. Fácil de leer. Que apetece tener entre las manos y produce ratos de relajación agradables. Comenzó en Badajoz, un alto en el camino, no le dejará indiferente.

Luis Compés

Empresario

Guadiana

Fragmento del Libro

Corría el mes de mayo; en Badajoz hay mayos muy calurosos, y ese era uno de ellos. Aún hoy recuerdo de manera nítida el camisón de Paula, estampado con elefantitos, cortito y rematado con volantes. El mío era más soso, estampado con flores y más largo. La cocina era inmensa y el frigorífico estaba lleno. Me serví un bol de una ensalada de cangrejo y una ración de musaca. Iba a echarme un vaso de zumo.

—¿No te apetece probar un vino que tienen mis padres para las visitas importantes? —sugirió guiñándome un ojo.
—No tenemos edad para beber —advertí modosita.
—Anda, cobardica, no me digas que no te atreves a transgredir las normas —respondió mientas me zarandeaba con actitud retadora. Un poco porque me picó, y más por no defraudarla, acepté beber de ese vino especial para las visitas. Nos fuimos al salón con las bandejas, y sacó del mueble bar dos enormes copas de vino. Llenamos las copas y brindamos por nosotras. Creo que era la primera vez que tomaba vino; era dulce y entraba genial. No sé cuántas copas tomamos, pero ella llenaba mi copa de nuevo antes de que estuviera vacía.
Empecé a sentir un calorcillo extraño, y noté cómo mis mejillas ardían. Sentía calor, mucho calor, al tiempo que nos reíamos de cualquier cosa.

—Por cierto, ¿es verdad lo que me han contado que te pasó el otro día en clase?
—No sé a qué te refieres —dije haciéndome la tonta; sabía de qué estaba hablando.
—Dicen que te vino la regla en clase el otro día.
—Sí —afirmé tímidamente. Me daba mucha vergüenza hablar de estas cosas—. ¿Recuerdas que me sacó de clase la hermana Ángela?
—Sí, te cogió de la mano y te sacó de un tirón, me di cuenta. ¿Dónde te llevó? —preguntó intrigada.
—¡A la capilla! ¿Puedes creerlo?
—¿Y qué se supone que tenías que hacer en la capilla?
—La hermana Ángela me dijo, muy seria, que tenía que rezar; que los enemigos del alma eran tres: el mundo, el demonio y la carne —expliqué, probablemente con la misma cara de sorpresa que debí ponerle a la monjita.
—¿Era la primera vez que te venía?
—Sí, por eso ni me di cuenta. Alguna debió ver la mancha en mis piernas, o me la vio la hermana, no sé —refunfuñé azorada.
—A mí hace ya más de un año que me vino. Creo que eso quiere decir que ya estamos listas
—comentó con aires de veterana.
—Listas, ¿para qué? —me daba la sensación de que tenía la intención de apabullarme, y yo quería demostrar entereza.
—Quiero decir que nuestro cuerpo está ya preparado para que podamos utilizarlo —afirmó aún con mayor superioridad.
—Perdona, creo que el vino no me ha sentado bien. El techo de tu salón da vueltas, y la lámpara creo que se me va a caer encima —musité bastante preocupada.
—No te preocupes. Nos damos un baño con agua fresquita y se te pasa enseguida. Vamos —dijo, y me agarró de la mano con seguridad. Ella era así; cuando tomaba una decisión todo el mundo la seguía. Así que fui tras ella como un corderito. Llegamos al enorme cuarto de baño.
De nuevo me sorprendió el lujo con el que vivía, nada que ver con el minúsculo aseo de mi casa, en el que no teníamos ni siquiera bidé. Lo cierto es que yo tampoco podía quejarme; en mi casa no faltaba de nada. Corrían los años setenta, comer tres veces al día, casa y coche; además de ir a un colegio de los llamados «de pago», no era algo que todo el mundo tuviera.

Pero ya se sabe, la naturaleza humana es envidiosa por naturaleza; y la verdad, Paula era una auténtica princesa. El cuarto de baño era de mármol blanco y negro. La bañera, negra, era la más grande que había visto en mi vida, tenía patas doradas, como si fueran de águila. Abrió los grifos, cogió un bote con unos cristales verdes, echó un puñado y agitó el agua con su mano derecha. Inmediatamente un dulce aroma emergió del agua. Yo estaba embobada, mirándola hacer. Salió de allí sin decir una palabra y regresó enseguida con un radiocasete.

—Anda, ve desnudándote. El agua está buenísima —conminó con total desparpajo. Una suave música comenzó a inundar el baño. Atónita, observé cómo colocaba unas velas en las estanterías distribuidas alrededor de la bañera, las encendía, se quitaba el camisón, la braguita, y exhibía eufórica un cuerpo desnudo perfecto. Sus pechos eran razonablemente grandes, o al menos eso me parecía a mí, que los tenía bastante más pequeños. El volumen de su tronco se reducía hasta llegar a una cintura increíblemente estrecha. Sus piernas eran largas y esbeltas, fibrosas, posiblemente por la cantidad de horas de deporte que practicaba; su culito era redondo, como dos mitades de manzana. Se había soltado la coleta y su pelo caía hasta pasada la cintura. Su melena brillaba en un sinfín de dorados. Ella, supongo que consciente de su atractivo, se atusaba el pelo de vez en cuando con un gesto suyo, característico. Estiraba sus dedos a modo de peine, los introducía en su abundante cabellera y se lo retiraba de la cara hacia afuera. Al hacerlo parecía que sus brillantes ojos verdes se encendieran con una luz irreal, como hipnótica.
—¡Despierta!- ¿Alguien, alguna vez se ha quedado dormido con los ojos abiertos? Pues esa vez yo lo hice, con la sacudida me desperté. Me desnudé con mucha vergüenza, buscando una esquinita del baño, escondiéndome de su mirada.
—No pensarás quedarte ahí de pie como un pasmarote, ¿verdad? Ven a la bañera —apremió.
Me atemorizaba no estar a su altura, pero sabía que mi timidez no era del agrado de alguien decidido como ella. Me introduje; el agua estaba deliciosa. Encogió sus piernas y me señaló con los ojos el otro extremo de la bañera, y obediente, me acomodé.
—¿No te parece que tengo las tetas demasiado grandes? —preguntó con curiosidad, abriendo sus manos e intentando abarcar sus senos sin conseguirlo. ¿Tú sabes eso de...? ¿Cómo era eso de la mano y la teta? —replicó mirando alternativamente sus manos y mis pechos.
—A ver, creo que lo he escuchado por ahí, algo así como... «mano que teta no cubre no es teta, sino ubre; teta que cubre mano no es teta, sino grano».
—Creo que tú tienes granos y yo ubres. Verás, ponte la mano. Me puse las manos encima y, efectivamente, mis tetas se cubrieron. Empezó a reír a carcajadas, y a mí me entró esa risa tonta que no consigues parar y terminas con agujetas. Me sentía bastante mareada, pero ya no me daba tanto corte; con la risa me había soltado un poco.
—Oye, una pregunta —soltó de pronto.
—Dispara.
—¿Tú te lo haces mucho? —inquirió con cara pilla.
—¿Hacer? ¿Qué? —repliqué, más perdida que una diez once.
—Pues eso, tonta, darte tú misma gustito —espetó sin la menor dilación.
Un inmenso calor recorrió mi cara; bueno, hasta las orejas comenzaron a incendiárseme.
—Bueno... alguna vez... muy flojito —respondí sin atreverme a levantar los ojos del agua.
—Te voy a enseñar algo que vas a flipar.

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